Sé perfectamente lo que hago.
Si Damián quería hacerle olvidar aquel recuerdo desagradable, estaba haciendo un trabajo peligrosamente bueno.
Emma se había quedado tan atrapada en la calidez de su cercanía, en la forma en que sus labios y su voz parecían desordenarle el pecho con una facilidad insultante, que por un segundo estuvo a punto de olvidar que no estaban del todo solos en el despacho de Peter.
Porque, justo cuando el mundo empezaba a reducirse demasiado a él, un