Se acabó.
La sorpresa de los presentes era más que notable.
Nadie se perdió el más mínimo detalle del arresto.
Los murmullos se convirtieron en un ruido sordo, incómodo, como si la alta sociedad no supiera en qué parte del protocolo se aplaude cuando una mujer cae esposada frente a cámaras.
Lydia gritaba desde el pasillo, con esa voz afilada que siempre había usado como arma, repitiendo que todo era falso, que Emma había mani