Emma parpadeó varias veces, todavía procesando la imagen de Sienna con esa cara de culpa y fuego mezclados, como si hubiera cometido un crimen y, al mismo tiempo, hubiera probado algo que llevaba años prohibiéndose.
La miró por el espejo, sorprendida, con una sonrisa que le nació sola porque no era todos los días que veía a su mejor amiga sin armadura, sin chistes, sin esa seguridad de “yo no me enamoro, hombre no es gente”.
—No me digas que