Inoportuna enfermera.
El tacón de Emma golpeaba incesante contra el suelo reluciente de la sala de espera.
Tac, tac, tac.
Le resultaba imposible quedarse quieta, imposible respirar con normalidad, imposible no mirar hacia la puerta por donde, en cualquier momento, alguien aparecería con un sobre capaz de cambiarlo todo.
O de dejarlo todo exactamente igual.
Y, sinceramente, no sabía qu