—¡Abuela! —gritó Nadia, cayendo de rodillas junto al cuerpo tendido de la anciana.
Sus manos trémulas se posaron sobre el pecho ensangrentado de su abuela, tratando inútilmente de detener la hemorragia con los dedos empapados en rojo. El objeto con el que se había herido, aún caliente por el calor del cuerpo, yacía a un lado, como un símbolo cruel del sacrificio. Nadia se inclinó sobre ella, con lágrimas corriéndole por las mejillas y su rostro contraído por el pánico, la tristeza y el horror.