Amy corría tras la camilla en donde llevaban a John, estaba desesperada, sollozando, viendo como aquel hombre, el hombre que ella tanto amaba, estaba recostado en esa cama, tan frágil y vulnerable como nunca lo imaginó.
—¡John! —exclamó recargándose a la pared, cubierta de llanto, estaba temblorosa, pero el doctor apareció ante ella y comenzó a hacerle preguntas.
—¿Su esposo es alérgico a algo que haya ingerido en las últimas veinticuatro horas?
Amy negó.
—No, Kenneth nunca ha sido alérgico