—¡Lawrence!— se escuchaba la voz de Lorette, como un alarido desesperado, mientras su padre se la llevaba a rastras del invernadero —¡No!¡Lawrence!¡Lawrence!
Los centinelas sobrevolaban por encima de sus cabezas en dirección a la tumba, que ya tenía la forma de una enorme montaña de humo negro. Mientras tanto, la voz de Lawrence retumbaba en el lugar con cada orden dicha en calo. Pero, tal lo visto, sus antiguos siervos, parecían no querer escuchar.
Vio como una de esas sombras se avalanzo so