—¡Ay!¡Beltrán! Me haces daño — exclamó Xamara con súplica cuando él la tomó por el cabello.
Ese quizás era el único pecado que le podía atribuir a ese brujo. Era agresivo. Cuando menos lo esperabas, él solía tener esas reacciones y más. Pero, tampoco ella podía decir que no se lo justificaba. Al fin de cuentas, nadie era perfecto.
Además, un hombre como él tenía que imponer respeto. De ser necesario, usar la fuerza para meter en vereda a quien fuera. Como a su hermana, Lorette, que era una moc