—¿Qué te pasa, cariño? —preguntó Camila, medio molesta.
Alejandro parpadeó. Incluso ya estaba sentado en el asiento del conductor sin darse cuenta de cuándo había terminado el desayuno. —Te traje tu comida favorita, pero no tienes ánimo —se quejó Camila.
Alejandro respiró hondo, apresurándose a corregir su expresión. Le acarició suavemente la mejilla a Camila. —Lo siento. El trabajo me tiene muy absorbido.
—¿Seguro? —Los ojos de Camila se entrecerraron. —¿No es por otra cosa?
Alejandro se rio en