La risa de Aria era un sonido cristalino que llenaba la celda, mezclándose con mis propios jadeos. Yo estaba inclinado sobre ella, recorriendo con mi lengua la curva de sus pechos, saboreando la sal de su piel y la victoria de nuestra tarde a solas. Ella arqueaba la espalda, enredando sus dedos en mi pelo, soltando gemidos que eran música para mis oídos.
—Kyler... —susurró ella, con la voz rota por el placer—, si tus feligreses te vieran ahora, pensarían que estás practicando un exorcismo muy e