El sonido del motor del último autobús alejándose hacia el pueblo fue la señal de salida para nuestra propia transgresión. El San Judas Tadeo, usualmente un hormiguero de susurros y pasos vigilantes, se había quedado mudo. Éramos los únicos habitantes de este ala, dos náufragos en una isla de piedra y sacrilegio.
Aria se detuvo a un metro de mí. El vestido rojo, desprendido de un hombro, revelaba la blancura de su clavícula y el latido acelerado de su pulso.
—Has ganado, Kyler —dijo ella, con u