La lluvia había refrescado el ambiente, y había dejado su sabor en el aire. La luz entraba por la puerta, que seguía abierta, y los pájaros habían empezado a gorjear con optimismo de nuevo.
Al ver todas aquellas muestras de normalidad, Laurent supo que la vida no se molestaba en detenerse por meras crisis personales.Aunque no pudo relajar los dedos en el pomo de la puerta, consiguió mantener la mirada serena y la voz firme al decir:
—Recuerde que está en mi casa, señora Conningwood.
—Las mujere