Mía cerró la puerta de su cuarto, segura de que no iba a dormir ni un segundo con él en su sala.
Debió correrlo. No curar sus heridas.
Llenó sus pulmones y giró hacia su hija. Dormida, ajena a todo el revuelo que causaba su padre.
Se dejó caer despacio en el colchón. Acomodó su bastón al lado de la cama. Y se pasó con brusquedad la mano en el rostro.
Luego de treinta minutos sentada, con los ojos fijos en la nada, decidió recostarse.
Cerró los ojos apenas.
¿Pasaron cinco minutos? ¿Quince