Tres días pasaron.
Tres días de incertidumbre. De esperanzas frágiles. De miedo constante.
Mía apenas dormía. Apenas comía. Solo existía en un limbo entre la sala de recuperación y la UCIN.
El cuarto día, el doctor Méndez entró con noticias.
—La niña está mejor. —Se sentó al borde de la cama—. Ya no necesita tanto oxígeno. Está ganando peso. Poco, pero es progreso.
Mía cerró los ojos. Las lágrimas rodaron.
—Gracias a Dios…
—El niño también ha mejorado. —Continuó el doctor—. Todavía necesita el