Tras unos minutos, el abogado llamó a la puerta con dos golpes secos. El tiempo de la espera había concluido; era hora de afrontar la reunión.
Mía ajustó el agarre sobre su bastón, irguió la espalda y caminó con paso firme hacia la sala de juntas. Al cruzar el umbral, el ambiente se volvió denso, sofocado por una frialdad casi ostensible.
Los hombres reunidos alrededor de la elegante mesa de caoba giraron el rostro en su dirección. En sus miradas no hubo cortesía, sino un desdén mal disimul