La recepcionista la examinó con frialdad de arriba abajo; Mía, en cambio, no bajó la cabeza ni un solo centímetro. Aquel rostro joven no le resultaba familiar, por lo que asumió que era una empleada nueva.
—Buenos días —saludó la mujer, aun con una marcada expresión de desdén.
—Buenos días. Voy a la oficina del director ejecutivo —Mía afianzó la mano con fuerza en la empuñadura de su bastón.
—¿Tiene alguna clase de cita, señora?
—Algo así. ¿Cuál es su nombre?
—Luisa Andrade —la joven presionó l