Azel se acomodó la corbata por tercera ocasión; el nudo continuaba torcido y sin forma.
—Qué aburrido ir a ese estúpido cementerio —exclamó mientras ponía los ojos en blanco con fastidio.
Izel, a su lado, también observaba su propio reflejo en el enorme espejo del tocador en la habitación de su madre.
—Es la hermana de papá, tonto —le recordó ella con serenidad, mientras sujetaba su cabello lacio y castaño en una coleta alta.
—¿Y eso qué? —respondió su hermano con un tono antipático.
—Si yo mur