El dolor la despertó.
No fue una sacudida violenta. Llegó lento, profundo, como si su cuerpo recordara antes que su mente.
Mía abrió los ojos.
La habitación tardó en definirse. El techo blanco. Las luces frías. El sonido constante del monitor que marcaba cada latido como una advertencia persistente.
Todo regresó poco a poco.
Primero el peso en el pecho.
Luego el aire, insuficiente.
Después, la certeza de que algo no estaba bien.
Intentó moverse. Un espasmo le atravesó el torso y la dejó clavada