Adriel guardó silencio durante todo el trayecto.
El vehículo avanzó entre el tráfico sin que él apartara la mirada del frente. El vidrio reflejaba apenas su rostro, pero lo que habitaba en sus ojos no era cansancio.
Era certeza.
Algo estaba mal.
No se trataba de intuición, sino de experiencia. Años rodeado de hombres como Eli le habían enseñado a reconocer cuándo una pieza no encajaba.
Y ahora, todo era una grieta.
—Llegamos —anunció uno de sus hombres.
Adriel no respondió de inmediato. Bajó de