La aguja encontró la vía intravenosa.
Al principio, Mía no reaccionó. Su respiración era lenta, acompasada, ajena a lo que acababa de entrar en su cuerpo.
El líquido avanzó por el catéter en silencio.
Un segundo. Dos. El monitor cambió.
El ritmo estable se quebró en una serie de picos erráticos.
Un pitido irregular llenó la habitación. Agudo. Fuera de lugar.
Leonardo alzó la mirada de inmediato desde el suelo.
—¿Qué hiciste?
Eli ni siquiera lo miró. Guardó la jeringa con la calma de quien guard