El pasillo del hospital se encontraba solo.
Demasiado silencio.
Las luces blancas no lograban ocultar la sensación de vigilancia.
Los pisos recién trapeados, los vidrios relucientes.
La enfermera de turno revisó la hoja clínica de Mía Yailes.
Sus ojos recorrieron cada línea con rapidez.
Estable. Una mujer que recibía las mejores atenciones que el dinero pudiera comprar.
Cerró la carpeta.
Miró a ambos lados del pasillo.
Nadie del personal.
Sus dedos se deslizaron hacia el bolsillo de su uniforme