Mía abrió los ojos.
La luz le resultó invasiva. Parpadeó varias veces antes de lograr enfocar algo.
Movió sus pies en un intento de desentumecerse. El movimiento fue torpe, limitado. Una sensación pesada le recorrió el cuerpo.
Quiso hablar, pero el ardor de su garganta se lo impidió.
Cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo como pudo. El aire entró con dificultad, áspero.
—¿Mis hijos? —dijo sin reconocer su propia voz.
Sonó débil. Rota.
Giró la cabeza al sentir una presencia a su lado. El movim