Elisa sintió cómo el coche se detuvo, tenìa miedo, rezaba.
«¡Lisardo, por favor, mi amor, perdóname si fallé en tu venganza!», pensó.
Las lágrimas rodaban por su rostro desesperado, abrieron el maletero, pero ella aún tardó en adaptarse a la luz. Fue entonces cuando sintió unas manos fuertes que la sacaron de ahí.
—¡Aléjense! —gritó.
Fue en ese momento en que la dejaron sobre el suelo, ella estaba arrodillada, sus ojos se adaptaron por fin a la luz.
Dos hombres sujetaron sus brazos, y ella mirò