El rostro de Gustavo palideció, sintió un dolor en su pierna, y gritó.
Ana bajó la pistola, se arrepintió al disparar, pero temió que ese hombre fuera capaz de lastimar a Piero.
—¡Ana! ¿Por qué…? —exclamó el hombre, sorprendido por el ataque.
—Porque no puedes ganar, eres una persona malvada, has hecho daño, es hora de pagar, incluso si eres mi padre, debes pagar.
Escucharon las sirenas.
Gustavo cayó al suelo, sentía el dolor y la sangre fluir. Pronto llegó también una ambulancia.
Ana soltó su