La convalecencia duró dos semanas.
No porque el médico lo requiriera del todo. Sino porque Nathan llevaba cuarenta y siete años haciendo exactamente lo que quería en el ritmo que él elegía, y aprender a hacer otra cosa requería el tiempo que requería. Dos semanas era el mínimo que Isabella había pedido como garantía antes de devolver cualquier cosa a la agenda regular.
Lo había dicho con la precisión de siempre: dos semanas. No más, no menos. El tiempo suficiente para que el cuerpo procese la i