No dormí.
O dormí en fragmentos tan cortos que era lo mismo que no hacerlo.
A las tres de la madrugada estaba en la cocina con un vaso de agua que no bebí, mirando las luces de Manhattan a través del ventanal. A las cuatro volví a la cama. Me quedé inmóvil con los ojos cerrados, escuchando la respiración de Nathan a mi lado.
Regular. Profunda. La respiración de alguien que no tiene nada que esconder o de alguien que lleva años aprendiendo a dormir con lo que sabe.
No supe cuál de las dos era.
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