Tres semanas después de la noche del cuaderno, Evelyn tenía cuarenta y dos páginas.
Cuarenta y dos páginas que no existían en ningún servidor de empresa, en ningún drive compartido, en ningún sistema con copia de seguridad automática.
Solo en el cuaderno azul marino, guardado en el segundo cajón del escritorio doméstico bajo una carpeta de facturas que nadie abría. Y, desde la segunda semana, en un documento de Word sin título guardado en el portátil personal gris que usaba antes de casarse con