Las contracciones empezaron a las seis de la mañana de un martes.
Evelyn supo desde la primera que esta vez era diferente.
No porque fueran más intensas que las de Braxton Hicks, aunque lo eran. Sino porque tenían ritmo. La cadencia regular que el cuerpo conocía aunque ella nunca lo hubiera hecho antes, la cadencia que convierte una sensación en un proceso y un proceso en un inicio.
La segunda llegó doce minutos después de la primera.
La tercera, doce minutos después de la segunda.
Evelyn se qu