Dormí tres horas.
No fue un sueño tranquilo. Fue el tipo de sueño que se parece más a caer que a descansar. Imágenes sueltas. El relicario abriéndose. La voz de mi padre. El número grabado en una llave del tamaño de una uña.
Me desperté a las seis con el teléfono en silencio sobre la mesita.
Ningún mensaje de Claire.
Ninguno de Harrison.
Me levanté. Preparé café. Desperté a Lucas y a Sophie con la rutina de siempre: desayuno, mochila, los zapatos que Sophie nunca encontraba y que invariablement