El vuelo salía a las seis de la mañana.
Nathan no durmió.
Lo supe porque a las cuatro y cuarto estaba de pie en la cocina, café en mano, con la corbata todavía sin hacer y los ojos de alguien que lleva horas mirando el techo de una habitación oscura.
Me levanté sin que me llamara.
Me senté en el taburete frente a él.
No dije nada.
Él tampoco.
A veces las conversaciones más importantes no tienen palabras. Solo dos personas sentadas en una cocina a las cuatro de la madrugada, con el café enfriánd