La mañana de la entrevista amaneció gris. Lluvia golpeaba las ventanas del taller. Manhattan envuelto en niebla que hacía que los rascacielos parecieran fantasmas. Apropriado.
Me desperté sola. El espacio junto a mí estaba frío. Nathan se había ido hace horas. Diana ya estaba despierta, café en mano, laptop abierta.
—Buenos días, bella durmiente. Son las nueve. Tienes siete horas.
Siete horas para prepararme para destruir a Edward Blackwood en televisión nacional. Sin presión.
Madison estaba se