El reloj del hotel marcaba las tres y cuarto cuando escuché la llave en la cerradura.
Me puse de pie del sofá donde había estado sentada durante una hora. Lucas seguía dormido en la cama, acurrucado con su conejo de peluche.
Nathan entró.
Lo primero que noté fue su rostro. No devastado. No roto. Pero diferente. Como si hubiera cargado algo pesado durante años y finalmente lo hubiera dejado en el suelo.
—Hola.
Su voz era suave. Cansada.
—Hola.
Nos quedamos mirando. El espacio entre nosotros lleno