A la mañana siguiente la luz del sol me despierta, estiro mis brazos y jade brinca sobre mí, sacándome un quejido.
—¡Buenos días!—
—Mi esposa— abro los ojos y la abrazo con dulzura sonriendo
—¿Te duele mucho el brazo?— me pregunta y niego y se intenta levantar, pero no la dejo
—Toda la noche te abracé, y aún no me canso de abrazarte— la beso por el cuello con besos sonoros y ella me besa la frente.
—Tengo hambre y ganas de salir y disfrutar de este radiante sol, quiero ver cómo está la manada,