La conversación acabó; y con una línea de besos suaves y mordidas que la hacían gemir, llegué hasta el punto más importante: quedar entre sus piernas. Las levanté y las abrí, y vi su cara, la había tapado con sus dos manos, avergonzada.
—Jade, quiero que me mires mientras te hago correrte en mi boca—
—¡es vergonzoso!—
—No para mí, mira como tu hombre te come, como me habías anhelado muchas veces. Hoy sabrás lo que es ser la mujer de un Alfa—
Con calma quitó sus manos de su cara y nos miramos fi