Nikolai la vistió con sus propias manos. Le puso un vestido blanco. de seda, largo hasta los tobillos, con escote en la espalda.
Era uno que ella solía usar cuando bailaba.
Había envejecido entre telas guardadas y perfumes rancios, pero aún conservaba el olor a escenario, a vida antigua.
—Vamos a intentarlo de nuevo, palomita.
Svetlana no protestó.
Dejó que la peinara, que le pusiera los pendientes, que le maquillara los ojos.
La condujo hasta un gran salón, que había transformado en una réplic