El pasillo estaba sumido en un parpadeo de luces intermitentes, como si la morada de Lucifer se hubiese instalado en los cimientos de la base.
El eco de disparos en la distancia le erizó la piel.
Dante avanzó con sigilo, con la Glock firme en su mano y los sentidos al máximo.
Sus botas pisaban sobre charcos de... ¿agua? O algo más viscoso que no quiso identificar.
Una sombra se deslizó al fondo del corredor.
Dante se pegó contra la pared, agazapado, respirando apenas.
Dos figuras emergieron del