El conductor redujo la velocidad mucho antes de llegar. No frenó de golpe. Dejó que la camioneta avanzara despacio, casi reptando. Dio una vuelta amplia alrededor del perímetro, luego otra, con los faros apagados, guiándose apenas por la luz lechosa de la luna y la memoria del camino.
El motor murmuraba bajo, contenido. Cada crujido del asfalto, cada gemido del metal viejo del almacén moviéndose con el viento, sonaba amplificado en el silencio.
Masanori observaba por la ventanilla con los ojos