La puerta se abrió con un cuidado casi reverencial. Sin ruido. Sin anuncios. Como si aquella acción, de ser descubierta, pudiera condenar a todos.
El sonido de los goznes no hizo más que acentuar la tensión del momento, y Masanori, en su sueño ligero y quebrado, despertó al instante. Un destello de luz fría se filtró por el umbral, cortando la oscuridad de la habitación. Era un rayo violento y brutal, que contrastaba con la penumbra de su cautiverio.
«¿Qué hora es?» Pensó, entreabriendo los ojo