La puerta se abrió con un cuidado casi reverencial. Sin ruido. Sin anuncios. Como si aquella acción, de ser descubierta, pudiera condenar a todos.
El sonido de los goznes no hizo más que acentuar la tensión del momento, y Masanori, en su sueño ligero y quebrado, despertó al instante. Un destello de luz fría se filtró por el umbral, cortando la oscuridad de la habitación. Era un rayo violento y brutal, que contrastaba con la penumbra de su cautiverio.
«¿Qué hora es?» Pensó, entreabriendo los ojos, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a un peligro que no entendía.
El corazón comenzó a latir con fuerza, como si presintiera que algo mucho peor que la muerte estaba a punto de ocurrir.
Era de madrugada, eso lo sabía con certeza, pero el silencio de la casa —tenso, denso— le indicaba que algo estaba fuera de lugar. Algo estaba a punto de cambiar, y no era algo que él pudiera controlar.
Parpadeó, luchando por despejar la niebla en su mente y enfocar la vista. Frente a él, las sombras se movía