El tiempo avanzó con una precisión implacable. No pidió permiso. No concedió tregua. Simplemente siguió.
Takeshi sanó. No por completo —su cuerpo aún le recordaba, en ciertos movimientos, que había estado al borde—, pero lo suficiente para volver a ocupar su lugar. El dolor ya no lo obligaba a detenerse; ahora era solo un murmullo bajo la piel, una advertencia constante de que incluso los más fuertes sangran.
Las reuniones regresaron.
Al principio, breves. Medidas. Con hombres que hablaban poco y observaban mucho. Luego, más extensas. Más densas. Encuentros con aliados antiguos, con clanes que olían la estabilidad como animales atentos al cambio del viento. Los pactos tácitos se sellaban sin firmas ni brindis: bastaba una inclinación de cabeza, una pausa precisa en el silencio, una mirada sostenida un segundo más de lo habitual.
El Oyabun por fin podía ser Oyabun.
Erika lo veía salir de la cama cada mañana. Lo observaba ajustarse la chaqueta, colocarse el reloj, recoger el teléfono co