El tiempo avanzó con una precisión implacable. No pidió permiso. No concedió tregua. Simplemente siguió.
Takeshi sanó. No por completo —su cuerpo aún le recordaba, en ciertos movimientos, que había estado al borde—, pero lo suficiente para volver a ocupar su lugar. El dolor ya no lo obligaba a detenerse; ahora era solo un murmullo bajo la piel, una advertencia constante de que incluso los más fuertes sangran.
Las reuniones regresaron.
Al principio, breves. Medidas. Con hombres que hablaban poco