Svetlana se recostó en el sofá, con la mirada fija en el vacío de la habitación. Dante estaba a su lado, con la vista perdida en la ventana, como si buscara respuestas en la distancia.
—¿Crees que hemos tomado la decisión correcta? —preguntó Svetlana, su voz fue apenas audible, pero llena de una preocupación palpable. Aunque su vida había sido siempre una de peligro y decisiones drásticas, algo sobre ese trato la inquietaba.
Dante no respondió de inmediato, como si las palabras estuvieran atoradas en su garganta. Se giró hacia ella, sus ojos oscuros reflejando una mezcla de cansancio y resolución.
—No lo sé —dijo finalmente—. No lo sé, pero ¿qué otra opción teníamos? Nos estábamos metiendo en una guerra con o sin Kenjiro. Ahora, al menos, tenemos algo de control. Y... —suspiró, pensativo—... Erika no va a estar sola en esto.
Svetlana lo observó por un momento, sintiendo el peso de su mirada. Sus palabras, aunque firmes, no le daban la seguridad que ella deseaba. Y entonces, con una me