El trayecto hasta la habitación le pareció más largo de lo habitual. No porque el pasillo hubiese cambiado, sino porque su cuerpo sí lo había hecho. Cada paso le arrancó una queja silenciosa del costado vendado, del pecho rígido, de los músculos tensos que aún no terminaban de aceptar que seguía en pie. La herida no estaba cerrada. Solo contenida. Como todo en él últimamente.
No iba a permitir que nadie lo notara.
Dos hombres se hicieron a un lado al verlo acercarse. Bajaron la cabeza. No por compasión. Por respeto. Ese respeto nuevo, áspero, todavía en construcción.
La puerta se abrió.
Masanori estaba cómodo.
Demasiado.
Sentado en un sillón amplio, con respaldo alto, como un rey retirado que aún creía conservar la corona. Tenía una mesa baja frente a él, té humeante, fruta cortada con precisión ceremonial, incluso una manta doblada con cuidado sobre el brazo del sillón. No había barrotes. No había cadenas.
Aquello no era una celda.
Era una cortesía.
O un recordatorio de lo que podría