El eco de los disparos todavía flotaba en el aire cuando el silencio cayó de golpe, denso, antinatural, como si el bar entero estuviese conteniendo la respiración al mismo tiempo.
El humo del arma se disipó lento, mezclándose con el olor agrio del alcohol derramado y la sangre reciente. Nadie habló. Nadie se movió. Las luces de neón parpadearon una vez más antes de estabilizarse, pintando los rostros tensos con tonos violáceos y verdosos que acentuaron la sensación de irrealidad.
Erika permaneció inmóvil.
No porque tuviera miedo.
Sino porque había aprendido —desde niña— que el verdadero peligro no era el ruido, sino lo que venía después.
Su respiración se mantuvo controlada, profunda, casi imperceptible. Sentía el pulso firme en las sienes, el cuerpo preparado, los músculos tensos como cables a punto de soltarse. Sus manos colgaban a los costados, vacías, pero listas.
Marco, a su lado, giró apenas el rostro. No la miró directamente. No hacía falta. La conocía demasiado bien.
Entonces