El letrero de neón parpadeaba como si estuviera a punto de rendirse. Una luz rosada y enferma iluminaba la entrada del bar, reflejándose en los charcos de la calle estrecha, donde el olor a alcohol viejo, grasa rancia y humo se mezclaba con el de la noche húmeda de Tokio. No había música fuerte. Solo un murmullo grave, denso, el sonido de vasos chocando y alguna risa rota que moría antes de convertirse en alegría.
Erika se detuvo un segundo antes de empujar la puerta.
Tenía el corazón desbocado