Todos en la casa estaban mas que despiertos. No con murmullo cotidiano de una residencia habitada, sino con ese silencio tenso, eléctrico, que solo precede a la violencia organizada. Un silencio atravesado por pasos firmes, por el clic metálico de armas siendo revisadas, por órdenes cortas pronunciadas en voz baja.
Svetlana caminaba por el pasillo central como si aquel lugar le perteneciera.
No corría. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.
Bastaba con su presencia.
Los hombres se alineaban a su paso. Algunos enderezaban la espalda. Otros bajaban la mirada con respeto. Bellandi y Koijima compartían el mismo espacio sin fricciones, unidos por una sola certeza: Svetlana sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Quiero a los equipos uno y dos listos en cinco minutos —ordenó sin detenerse—. Revisen municiones. Nada de improvisaciones.
Asgeir caminaba a su derecha, enorme, silencioso, con la expresión pétrea de quien vive cómodo en el borde de la violencia. A la izquierda, Gianluca r