Todos en la casa estaban mas que despiertos. No con murmullo cotidiano de una residencia habitada, sino con ese silencio tenso, eléctrico, que solo precede a la violencia organizada. Un silencio atravesado por pasos firmes, por el clic metálico de armas siendo revisadas, por órdenes cortas pronunciadas en voz baja.
Svetlana caminaba por el pasillo central como si aquel lugar le perteneciera.
No corría. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.
Bastaba con su presencia.
Los hombres se alineaba