Las luces de la ciudad seguían brillando con la misma indiferencia de siempre, como si no hubiera estado a punto de estallar una guerra silenciosa entre Tokio y Calabria, como si la sangre de algunos hombres no hubiesen rozado el asfalto horas antes. En uno de los cuartos de la casa de Takeshi, Svetlana Bellandi sostenía el teléfono con una mano firme, aunque por dentro todo en ella aún vibraba.
Caminaba despacio de un lado a otro, descalza sobre el suelo frío, con el abrigo colgado del respald