El silencio que siguió a las palabras de Svetlana fue distinto a cualquier otro que Takeshi hubiera conocido.
No fue el silencio tenso de un arma apuntando.
No fue el silencio expectante antes de un disparo.
Fue un silencio interno, íntimo, peligroso.
Svetlana no elevó la voz.
No acusó.
No gritó.
Simplemente habló con certeza.
Y eso fue lo que encendió algo en su cabeza.
Takeshi no intervino de inmediato. Permaneció inmóvil, con el bastón apoyado contra el asfalto, la mano cerrada con tanta fue