El silencio que siguió a las palabras de Svetlana fue distinto a cualquier otro que Takeshi hubiera conocido.
No fue el silencio tenso de un arma apuntando.
No fue el silencio expectante antes de un disparo.
Fue un silencio interno, íntimo, peligroso.
Svetlana no elevó la voz.
No acusó.
No gritó.
Simplemente habló con certeza.
Y eso fue lo que encendió algo en su cabeza.
Takeshi no intervino de inmediato. Permaneció inmóvil, con el bastón apoyado contra el asfalto, la mano cerrada con tanta fuerza alrededor de la empuñadura que sus nudillos perdieron color. La farola más cercana proyectaba sombras duras sobre su rostro, marcando las ojeras, la palidez, el sudor frío que aún le corría por la sien.
“Marco no tuvo nada que ver. Eso fue lo que te quisieron hacer creer”.
Las palabras se ordenaron solas.
Encajaron.
Y de pronto, el rompecabezas que durante días se había resistido… se armó con un clic seco, brutal.
Vio a su abuelo.
No como figura de poder.
No como estratega.
No como el hombre