La calle seguía detenida en un estado antinatural, como si el tiempo hubiese decidido observar antes de avanzar.
Takeshi permanecía de pie en medio del cruce, el bastón firmemente anclado al asfalto. A su alrededor, hombres armados, sombras en las azoteas, respiraciones contenidas. Nadie disparaba. Nadie bajaba el arma. Nadie se movía. Solo dudaban. Y esa duda era más peligrosa que cualquier bala.
—Les hice una pregunta —dijo Takeshi de nuevo.
Su voz no tembló.
Su cuerpo sí, apenas, en lo profu