La calle seguía detenida en un estado antinatural, como si el tiempo hubiese decidido observar antes de avanzar.
Takeshi permanecía de pie en medio del cruce, el bastón firmemente anclado al asfalto. A su alrededor, hombres armados, sombras en las azoteas, respiraciones contenidas. Nadie disparaba. Nadie bajaba el arma. Nadie se movía. Solo dudaban. Y esa duda era más peligrosa que cualquier bala.
—Les hice una pregunta —dijo Takeshi de nuevo.
Su voz no tembló.
Su cuerpo sí, apenas, en lo profundo, donde el dolor seguía latiendo como un recordatorio constante de que no debía estar allí. Pero su presencia era indiscutible. El oyabun estaba de pie. Y el código lo decía con brutal claridad: cuando el oyabun habla, hay que obedecer.
Algunos hombres intercambiaron miradas rápidas. Otros apretaron la mandíbula. Había quienes evitaban mirarlo directamente, como si sostenerle la mirada implicara elegir un bando.
Desde lo alto, Masanori observaba la escena con el rostro endurecido.
No gritó.
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