La sala del consejo olía a incienso. Era una estancia amplia, rectangular, con el techo bajo y vigas oscuras. Los paneles de madera deslizables estaban cerrados, aislando el ruido de la ciudad. En la pared del fondo, detrás del lugar de honor, colgaba un pergamino con el kanji de “lealtad” trazado en tinta negra, gruesa, como si alguien lo hubiera escrito con rabia. Una hilera de tatamis impecables cubría el suelo. Los hombres del clan se sentaban en dos filas, enfrentados, rodillas sobre el ta