La luz roja se apagó y la camioneta quedó sumida en una penumbra espesa, apenas cortada por las líneas amarillas de la autopista que parpadeaban a través del cristal delantero. El motor ronroneaba con una calma obscena, como si no llevara a nadie secuestrado, como si aquella noche fuera igual a cualquier otra.
Erika mantenía la espalda pegada al panel lateral, las muñecas ardiéndole bajo las bridas de plástico. Sentía cada bache en la carretera como un latigazo que le recorría la columna. Había