La puerta se abrió con la misma ausencia de ruido con la que se insinúan los peligros calculados. Takeshi apareció en el umbral como una advertencia hecha carne: veintiséis años cincelados a golpes de disciplina, con la lluvia aún resbalando por los hombros de su traje oscuro. La tinta de la koi se insinuaba apenas en la nuca, como un espectro que acompañaba cada uno de sus movimientos. Era la figura moldeada para cargar un trono que nadie le había entregado, pero que su linaje le había impuest